Hay sagas que se consolidan en la memoria colectiva del público y, al hacerlo, convierten el estreno de cada nueva entrega en un acontecimiento imperdible para los amantes del género. Sin embargo, tras cinco películas a las espaldas, el verdadero reto para cualquier franquicia es mantenerse vigente en el gusto de la audiencia. Muy pocas propiedades intelectuales logran sostener esa frescura con el paso de los años. En esta ocasión, La noche del demonio: Están entre nosotros (2026) llega a las salas de cine para poner a prueba si el universo de terror moderno iniciado hace más de una década todavía conserva su fuerza.

Una nueva protagonista frente a las sombras del pasado
La trama introduce a Gemma, una dentista de pueblo pequeño que vive marcada por las cicatrices emocionales y mentales de su infancia, etapa en la que presenció la trágica caída en la locura y posterior muerte de su madre. Mientras intenta criar a su hija cargando con ese peso no resuelto, Gemma comienza a experimentar sueños y visiones perturbadoras.
Estos eventos la llevan a descubrir la existencia del Más Allá y el inmenso poder espiritual que posee en ese plano dimensional. A partir de ese momento, la protagonista se ve obligada a luchar no solo contra sus propios dones, sino también contra entidades oscuras que buscan aprovechar su capacidad para desatar el caos y el sufrimiento en el mundo terrenal.

Atmósfera fiel a las raíces de James Wan
En términos generales, la cinta conserva con fidelidad la identidad visual y sonora que ha caracterizado a la franquicia desde sus orígenes. La producción recurre a los icónicos espacios liminales dominados por tonalidades azules y neblina espesa que parecen extenderse hacia el infinito, acompañados de secuencias pausadas que mueren lentamente para hacer crecer la ansiedad en el espectador.
Los espíritus se mueven de manera efectiva en la frontera entre lo real y lo onírico, utilizando sobresaltos puntuales (jumpscares) para mantener la alerta constante. En ese sentido, la película retoma las bases que James Wan estableció en las primeras entregas: enfocar el miedo no solo en la presencia del espectro o en la violencia gráfica, sino en la construcción ambiental y en la inmersión emocional, evitando depender exclusivamente del susto fácil.

Una fórmula conocida con aciertos y limitaciones
En cuanto al apartado narrativo, la historia muestra ciertos momentos de debilidad. El desarrollo resulta predecible en varios tramos debido a que se adhiere a la estructura argumental ya explotada en las entregas anteriores. Aunque se introducen elementos novedosos e interesantes —como las habilidades específicas de Gemma dentro del Más Allá, las cuales abren posibilidades atractivas para el futuro de la franquicia—, estos detalles no evitan que el hilo conductor se sienta desgastado por la repetición de patrones conocidos.
Respecto al elenco, destaca la participación del recordado personaje de Elise, quien regresa una vez más para orientar a los protagonistas en su travesía por el plano astral. No obstante, más allá del desarrollo de Gemma, el resto de los personajes secundarios carece de profundidad, funcionando primordialmente como herramientas mecánicas para mover la trama en lugar de figuras con las que la audiencia pueda generar empatía. Una situación similar ocurre con el antagonista principal, cuya resolución en el guion deja dudas sobre una posible reaparición cercana en futuras secuelas.

La noche del demonio: Están entre nosotros se ubica en un punto medio: no es una entrega fallida, pero tampoco alcanza la trascendencia de los primeros títulos de la saga. Ofrece momentos sumamente disfrutables para los seguidores de la franquicia al responder interrogantes clave y expandir la mitología del Más Allá. Sin embargo, al compararla con sus antecesoras, se perciben las costuras de una fórmula que empieza a rozar en el cliché.
En conclusión, se trata de una secuela competente dentro de la cartelera de terror de 2026, ideal para los fanáticos que buscan reencontrarse con la atmósfera clásica de la saga, aunque no consiga revolucionar el universo al que pertenece.
