La fatiga de las franquicias
En esta década, una de las tendencias más comunes de ver en el cine son los remakes, los reboots o, en el mejor de los casos para una franquicia, las secuelas interminables. Este fenómeno ha generado una evidente fatiga entre los espectadores, que ven cómo la esencia de las historias que aman se diluye entrega tras entrega en un bucle que parece no tener fin. La nostalgia se ha convertido en uno de los motores principales de la industria, pero también en un arma de doble filo: puede revitalizar una saga… o terminar por desgastarla.
La pregunta entonces es inevitable: ¿existe alguna franquicia capaz de sobrevivir dignamente a esta tendencia? En esta ocasión, Paramount Pictures nos presenta Scream 7 con la intención de demostrar que uno de los asesinos slasher más icónicos de los años noventa todavía tiene lo necesario para mantenerse vigente en el cine actual.

Scream 7 y el regreso de Sidney Prescott
La historia vuelve a centrarse en la protagonista histórica de la saga, Sidney Prescott. Después de haber logrado construir una vida relativamente tranquila, lejos del caos y la violencia que marcaron su juventud, Sidney vuelve a encontrarse en el punto de mira de Ghostface.
El asesino enmascarado regresa una vez más, aparentemente decidido a terminar lo que empezó hace décadas: acabar definitivamente con Sidney, con la leyenda que se ha construido alrededor de ella y, por supuesto, con cualquiera que tenga la mala fortuna de cruzarse en su camino.
Para mantener la objetividad en esta reseña, vale la pena dejar de lado las controversias externas relacionadas con el reparto de las entregas anteriores y centrarnos únicamente en lo que esta película ofrece por sí misma.

Una saga demasiado consciente de sí misma
Uno de los rasgos más característicos de la saga Scream siempre ha sido su tono meta y autorreferencial. Desde la primera película, la franquicia ha jugado con los clichés del cine de terror y con la propia cultura cinematográfica. Sin embargo, en esta ocasión, ese recurso se siente más cínico que ingenioso.
En menos de diez minutos, la película logra saturar al espectador con referencias y guiños constantes al pasado de la franquicia. La intención parece ser explotar al máximo la nostalgia de los fanáticos, pero el resultado termina siendo más agotador que emocionante. En lugar de sentirse como un comentario inteligente sobre el género, muchas de estas referencias parecen colocadas simplemente para recordarnos de manera constante que estamos viendo otra entrega de Scream.

Personajes con poco que aportar
Otro de los problemas más evidentes de la película es el manejo de sus personajes. En un primer momento, varios de ellos parecen tener el potencial de resultar interesantes o incluso memorables. El problema es que ese potencial nunca se desarrolla realmente.
En su afán de mantener el protagonismo en Sidney, así como en algunos personajes que regresan de entregas anteriores —y en menor medida en su hija—, el resto del elenco queda relegado a un papel muy superficial. Muchos de ellos funcionan únicamente como víctimas potenciales, existiendo más como carne de cañón que como personajes con peso dentro de la historia.
Esto debilita la tensión narrativa, ya que el espectador puede anticipar con bastante facilidad quiénes son realmente importantes para la trama y quiénes simplemente están ahí para inflar el conteo de víctimas.

Un misterio poco convincente
Si hay algo que siempre ha definido a la saga es el misterio detrás de la identidad del asesino. La pregunta “¿quién está detrás de la máscara de Ghostface?” ha sido tradicionalmente uno de los motores narrativos más importantes de estas películas.
Lamentablemente, en esta entrega la resolución resulta sorprendentemente débil. La revelación final no solo es poco satisfactoria, sino que además se siente ilógica y forzada. El vínculo entre el antagonista y los protagonistas es demasiado frágil, y nuevamente se intenta justificar a través de un recurso nostálgico que no logra sostenerse por sí solo.

Entretenida… pero menor dentro de la saga
En el apartado visual, la película cumple sin grandes problemas. La puesta en escena es correcta, las secuencias de tensión funcionan de manera aceptable y, en términos generales, la cinta puede resultar entretenida si el espectador decide no pensar demasiado en lo que está viendo.
Sin embargo, quienes llegan después de haber visto las seis películas anteriores difícilmente podrán evitar las comparaciones. Y es precisamente ahí donde Scream 7 se queda corta.
Diversos factores externos durante su producción parecen haber complicado su desarrollo, algo que se percibe en las inconsistencias del guion y en la falta de una dirección clara. Quizá el momento más interesante de la película sea aquel en el que vemos brevemente a Sidney viviendo una vida normal, lejos de la tragedia que la ha acompañado durante años. No obstante, esa ilusión dura poco.
Al final, la película nos recuerda que los guionistas seguirán recurriendo a ella una y otra vez, condenándola a una eterna espiral de sufrimiento, de una forma muy similar a lo que ocurre con Peter Parker en los cómics.
Scream 7 puede ser una opción aceptable para pasar el rato… pero quizá sea mejor esperar a verla cuando llegue al streaming.
